Punta Cana, paraíso del ‘todo incluido’


Cuatro planes para disfrutar en este destino, donde las playas y el descanso atraen a los turistas.

La arena es suave y casi blanca, como de postal. El agua es cálida y su paleta de colores recorre todos los tonos, desde el verde hasta el azul, según como los rayos del sol se proyecten sobre el mar. Las palmas de coco están allí para completar la imagen de un destino perfecto para descansar.

Su belleza natural es evidente, pero lo que más impresiona de Punta Cana, en el extremo oriental de República Dominicana, es su infraestructura turística. Aquí abundan los resorts, que ofrecen a los turistas los servicios necesarios para no tener que salir de sus instalaciones.

En estos sitios hay hoteles (es normal encontrarlos con más de mil habitaciones), varios restaurantes y piscinas. Algunos son tan grandes que en estos los visitantes se ven obligados a usar un sistema de transporte interno para ir a sus cuartos: se trata de carritos de golf o de camionetas que arrastran vagones, a veces pintados como si fueran trenes. Si no se toman estos vehículos, que se detienen cada 10 minutos en las paradas distribuidas a lo largo de los caminos dentro de estos hoteles, es preciso caminar un cuarto de hora desde la recepción hasta la playa.

Con unos 40 resorts de este tipo y cerca de 50 kilómetros de playas, el principal destino de la República Dominicana es el paraíso para quienes son aficionados al estilo ‘todo incluido’, en el que los tiquetes aéreos y la alimentación con tres comidas al día (además de pasabocas) vienen dentro del mismo precio fijo.

Es claro que Punta Cana vive del turismo, y que el negocio está bien organizado para que a este punto de la isla de La Española, en cuyo extremo opuesto está Haití, venga el 60 por ciento de los visitantes extranjeros que recibe el país.

Según el Banco Central de la República Dominicana, el año pasado llegaron 3’702.997 personas de otros países. De ellas, 2’232.901 aterrizaron en el aeropuerto de Punta Cana.

La devoción de los dominicanos por el turismo se siente desde la llegada al aeropuerto, cuya estructura semeja la de cabañas de paja, con troncos de madera que soportan techos altísimos. Allí, apenas se pasa la zona de inmigración, tres músicos que tocan tambora, acordeón y guacharaca reciben a los recién llegados a ritmo de merengue. A su lado, en el piso, dejan un sombrero que, poco a poco, se llena de dólares y euros. Todo está listo. Que empiecen las vacaciones.

Un viaje de cerca de media hora desde el aeropuerto, durante el que se ven vallas a los lados de la carretera que ofrecen información en ruso para comprar finca raíz, nos deja en playa Bávaro.

Los hoteles, destinos en sí mismos

Esta es la zona en la que se encuentran varios de los hoteles más grandes y completos de Punta Cana, donde se han instalado cadenas como Meliá, Barceló, Iberostar y Riu.

La hotelería de esta área se destaca por sus enormes dimensiones. En el norte de Bávaro está el Hard Rock Hotel, que con 1.797 habitaciones, 15 piscinas y un río natural que lo divide en dos, es el primero de esa marca bajo el sistema ‘todo incluido’ (y el más grande).

El hotel parece un centro comercial. Tiene salón de belleza, almacenes de ropa, gafas de sol y carteras; y extravagancias como la limosina que usó Madonna en la entrega de los premios Grammy del 2001. También, con casino, un spa de 5.500 metros cuadrados, discoteca con capacidad para 1.100 personas, campo de golf y gimnasio.  En este hotel, donde se celebran en promedio nueve matrimonios al día, se ofrecen paquetes especiales para recién casados, como en casi todos los demás.

En general, la variedad de los bares y restaurantes de los resorts de Punta Cana es amplia. Entre otras especialidades, hay platos de Italia, Japón, Estados Unidos, Francia, Tailandia y México. Por supuesto, no faltan los bufés, pero hay que tener en cuenta que a veces la comida que se sirve para tantos huéspedes no se caracteriza por su buena calidad.

Los hoteles de Bávaro compiten entre ellos por ofrecer más servicios y entretenimiento, como spa, clases de buceo, actividades entre las que están el careteo, los paseos en velero y el uso de canchas de tenis, voleibol o baloncesto.

También, por darles a los niños opciones de entretenimiento en piscinas más pequeñas, y hasta clubes dedicados a ellos, como The Flintstones Land, del Meliá Caribe Tropical.

Playa Macao, la playa pública

Quienes hayan tenido suficiente de los juegos de dominó en la piscina, de las clases de aeróbicos y de baile en la playa o de los concursos y los recreacionistas, tienen la opción de aventurarse a conocer lugares fuera de los resorts. Para empezar, es importante saber que el transporte en Punta Cana no es barato: una carrera de taxi puede costar, al menos, 16 dólares, y superar fácilmente los 30 dólares si se trata de un viaje de media hora, como el que se requiere para ir a Macao, una playa pública a donde muchos llegan a practicar surf.

Con un oleaje algo fuerte, esta playa es la favorita de los dominicanos de la zona, que principalmente viven en Higüey. Aquí se sirven langosta y otros peces en cabañitas en las que los turistas ordenan el almuerzo; se dictan clases de surf y se conocen personajes como Wilson Constant, un haitiano de 41 años que habla, entre otros idiomas, español, inglés, ruso, alemán y francés, y atiende a los visitantes en un restaurante, bajo un techo de paja. “Esta es la última playa pública que nos queda”, afirma Constant, que hace una década vive en República Dominicana.

Aquí en Macao, como en toda Punta Cana, muchos vienen a casarse en improvisados altares con rosas y telas blancas, a pocos pasos del mar. Esta playa, donde algunos hombres juegan dominó en mesas de plástico, es más tranquila y menos concurrida que las de los hoteles, donde abundan las sillas para asolearse.

En todo caso, también aquí aparecen los turistas, que toman buggies en alquiler (por 80 dólares el día) y vienen a comprar artesanías, tomar agua de coco y comprar sombreros tejidos con hojas de palma.

Cap Cana

Un buen paseo es el que se hace en catamarán en Cap Cana, hacia el suroriente de Bávaro, luego de recorrer 25 minutos en bus por una carretera de doble calzada en perfecto estado. En la marina Cap Cana dos haitianos, Francois Berthony, de 34 años, y Valentay Lissade, de 32 años, se encargan de guiar a los turistas hasta la embarcación, en la que caben cerca de 40 personas.

La primera parada es para hacer snorkel. Luego, un ligar llamado ‘la piscina natural’, casi cerca a la costa donde se encuentran algunos hoteles de lujo, en los que una semana para dos personas puede costar 10.000 dólares. Con el sol golpeándola directamente, el agua se ve verde claro, pero se vuelve mas oscuro cuando las nubes se interponen y filtran sus rayos.

El paseo en el catamarán está a punto de terminar, pero antes el equipo de animación se entretiene intentando que algunas parejas de alemanes e ingleses bailen al ritmo de la bachata, que despiden los parlantes a todo volumen.

Después del almuerzo (langosta, en la Marina), un bus traslada en 10 minutos a los pasajeros hasta la playa Juanillo. Allí, un matrimonio argentino, Blanca Ojeda y Ernesto Dinardio, explican por qué Punta Cana ha sido su destino de vacaciones todos los años, desde 1996. “Nos encantan la playa, el agua tibia del mar y la amabilidad de los dominicanos”, dice Dinardio.

Ellos vienen huyendo del agua fría del sur del continente, al igual que los 72.710 argentinos (Argentina es el primer emisor de turistas de Suramérica a Punta Cana) que el año pasado vinieron a descansar a esta esquina del Caribe.

Isla Saona

La Isla Saona, que es parque natural desde 1979, es visitada por 2.000 personas al día, en promedio. Ese es el destino de la excursión que primero exige ir a Bayahibe, al suroccidente de Punta Cana, desde donde se navega una vez más.

A ambos lados de la vía, inaugurada recientemente para acortar el trayecto hasta Santo Domingo, la capital del país, se ven plantaciones de caña de azúcar.  Este producto lo trajo Cristóbal Colón en su segundo viaje, en 1493, y hoy sirve como materia prima para producir ron, papel y azúcar.

Cerca de hora y media después de haber salido de Bávaro, el bus se detiene en el puerto y es rodeado por vendedores de sombreros, toallas y tabacos. El viaje en catamarán hasta Saona dura alrededor de una hora y 45 minutos, pero parece más largo debido al movimiento constante de la embarcación, que obliga a algunos pasajeros a sentarse y acostarse en la popa (la parte de atrás). No todos los catamaranes se mueven tanto, pero este sí.

Saona mide 110 kilómetros cuadrados, está a 26 kilómetros de Bayahibe y es la más grande las cinco islas adyacentes al país. Su nombre era Adamanay, como la habían bautizado los indígenas taínos. Se dice que Colón la llamó Savona en honor a un italiano proveniente de esa ciudad de Italia, que viajaba con él y había descubierto la isla; pero que la dificultad de los nativos para pronunciar el nuevo nombre hizo que la gente se refiriera a ella como Saona.

Aunque la arena es blanda y es un placer caminar descalzo, se recomienda usar zapatos de caucho porque, además de piedrecitas en la playa, a veces se encuentran pedazos de botellas debajo del agua, cerca de la orilla. El plan es almorzar bajo las palmeras, bañarse un rato en el mar y sentir la brisa en la cara.

De regreso, una lancha rápida sale rumbo a Bayahibe y en el camino para a un kilómetro y medio de la orilla, a la altura de un banco de arena en el que el agua no supera un metro de profundidad. Aquí, todos descienden de la embarcación (no se lanzan de cabeza, pues se harían daño).

Algunos se ponen caretas y flotan para ver pececitos de colores; una señora camina al lado de su hijo de 4 años, que bracea hasta donde su papá, y dos niñas sacan del fondo una estrella de mar. Le toman la foto y la dejan donde estaba. Allá, lejos, las palmas se mecen. Aquí, entre el agua cristalina, de azul verdoso, solo hay que flotar de cara al cielo.

Juan Uribe
Enviado especial de VIAJAR

http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/viajar/punta-cana-paraiso-del-todo-incluido_12338530-4

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