Aboguemos por una Cultura de Paz


Fuente: valencia.com.ve

Aboguemos por una Cultura de Paz

 

“Se está acercando un ser humano que nada tiene que ver con nosotros”

– Humberto Eco

Que difícil es la situación que vive actualmente República Dominicana, en donde tenemos que tomar una elección entre dos males; una situación que se vuelve un verdadero dilema, en vista de que ambos caminos conducen al fracaso, tanto individual como colectivo. Tal es la situación de la delincuencia y las actitudes asumidas por los cuerpos castrenses… una situación realmente dilemática, en donde no se sabe que es peor, si caer abatidos a manos de la delincuencia o de los abusos policiales. La constante que no varía en estos dos males es la misma que ha azotado a la humanidad de sus inicios… es un mal que no distingue entre sus víctimas… una enfermedad a la vez que una cura… y en la mayoría de los casos… una cura peor que la enfermedad. Hablamos de la VIOLENCIA.

Desde los inicios del tiempo… la historia de la humanidad ha registrado la violencia como un modo de comunicación entre seres humanos… un método de supervivencia, e incluso una forma de desahogo. Es una cultura que ha sido transmitida de generación en generación, desde los tiempos de Caín y Abel hasta nuestros días.

 

En sociedades como la nuestra, hemos acogido en nuestro seno la cultura de la violencia, al punto que cuando escuchamos de hechos en donde el presunto delincuente X muere en un intercambio de disparos por la policía, cuando escuchamos que el comerciante Y fue atracado y asesinado por unos jóvenes no identificados, cuando todo esto sucede… lo asimilamos como algo normal: Nos limitamos a un simple “eto’ se ta’ acabando”, los fallecidos se convierten en un número –una simple estadística– y continuamos con nuestras vidas, y esto es normal, porque la vida debe continuar. Pero el problema subyace en que nos quedamos en un estado de somnolencia, vemos todos los casos como situaciones aisladas, o sencillamente la encasillamos dentro de lo que llamamos el “factor delincuencial dominicano”, en donde grupos de solemnes ignorantes plantean como solución: “Aquí se necesita otro Trujillo”.

 

Distinto es el caso cuando el hecho nos toca personalmente… cuando la víctima no es un número, sino un nombre y apellido… una persona con un vínculo familiar o de afinidad a nuestra persona, en donde sentimos en carne propia esa muerte, y no podemos hacer nada. Es en momentos como esos que resulta comprensible clamar por sangre… clamar por una reivindicación hasta cierto punto divina, en donde queremos compensar en nuestra alma un espacio vacío que ha dejado la partida de un ser querido. Es una actitud que, aun no siendo la correcta desde un punto de vista frío y objetivo, es completamente entendible…

 

Sin embargo, no se debe sustituir el dolor por el odio. No digo esto en defensa de un delincuente que mate a un transeúnte con la finalidad de atracarlo (cosa que para entenderla a plenitud se debe ser víctima de un atraco); ni tampoco en defensa del policía que, en un ejercicio desmedido e irracional de sus funciones, acabe con la vida de personas a las que se le presume su inocencia hasta prueba en contrario (cosa que sólo puede entenderse a plenitud cuando se es víctima de un abuso policial). Digo esto en defensa de la propia víctima y de la sociedad misma… El odio es uno de esos sentimientos más oscuros y malsanos que se puede albergar en el corazón, y cuando se exterioriza ese odio… se convierte en agresión… cuando el odio no es de parte de una persona, sino de una colectividad, ya no hablamos de un sencillo desahogo, sino del caos y la anarquía materializada a través de actos de violencia.

 

No pretendo con estas palabras reprimir el derecho al desahogo… de hecho, quisiera fomentarlo. No podemos sencillamente quedarnos de brazos cruzados ante hechos como los que ocurren a diario en nuestra Quisqueya. No podemos sencillamente hacernos de la vista gorda, decir unas palabras dignas de un panegírico, y seguir con nuestras vidas como si nada hubiera ocurrido. Es importante protestar por estos hechos de violencia, más considero que la forma más efectiva de protestar no puede ser a través de la violencia. Una cosa es la protesta, otra cosa es el vandalismo. Una cosa es fomentar un movimiento pacifista tendente a que sean escuchados nuestros reclamos, y otra es contribuir al caos, destruir propiedad pública y privada, y atentando inclusive contra la vida e integridad física de personas que nada tienen que ver con el motivo de la protesta en primer lugar.

 

Y es que de la violencia no podemos esperar nada positivo… debido a que la violencia es ciega, sorda, muda, loca e irracional. No comprende su propósito, y no distingue entre sus víctimas. La violencia como tal es un monstruo que ataca sin identificar el blanco, sino que se manifiesta con una nota diciendo: “A quien pueda interesar”, y arrastrando a su paso todo el que se encuentre cerca. Es un elemento tan nocivo, que siendo el Estado la única persona debidamente autorizada para hacer un uso de la violencia, se trata cada día más de establecer pautas para frenar esta violencia estatal, que la misma sea una ULTIMA MEDIDA ante los conflictos sociales… estos intentos de refrenar la violencia en muchas ocasiones fracasan ante un pueblo al que se le ha inculcado resolver sus problemas poniendo a correr la sangre, ya que hemos abogado tan fuertemente por una cultura de la violencia, que la vemos como un mal necesario, como una forma de responder a los ataques, en un ciclo perpetuo que sólo culminará en nuestra extinción.

 

Por todo esto es que apelo a la sensibilización, a romper con un paradigma sembrado en nuestra sociedad desde sus inicios y con el cual debemos romper: debemos dejar de abogar por una cultura de la violencia y empezar a abogar por una cultura de paz. Empecemos a ver el pecado más allá del pecador, y entender que son varios los factores que influyen en la criminalidad de nuestro país, y que la violencia, aún cuando pueda verse como una solución, se torna una cura peor que la enfermedad. Busquemos ejemplos de otras sociedades que, teniendo un pasado sangriento, han evolucionado en pos de buscar soluciones alternativas a los conflictos sociales. No pido impunidad para la delincuencia, ni tampoco para los abusos policiales… pido que estos hechos se vean más allá del caso concreto, para de esta forma evitar que los mismos se sigan perpetrando.

 

Concluyo este artículo bajo el entendido de que no será bien recibido por muchos… dependiendo del lado en que se ubiquen. En todo caso, que sea un diálogo abierto para discutir que tan errados son mis puntos de vista, situación en la cual estoy más que dispuesto a participar y corregir mis posibles errores. Sólo quiero dejar como reflexión que romper el ciclo de violencia debe convertirse en una prioridad dentro de nuestra política estatal, de la cual todos somos partícipes, no se puede seguir pidiendo sangre por la sangre derramada.

 

Tenemos que abogar por una cultura de paz… o estaremos condenados a la extinción.

 

Fuente: Letrado21

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