Mediterráneo: Pequeño catálogo de paraísos prístinos


Félix Rodríguez de la Fuente describió el archipiélago de Cabrera como «el Mediterráneo de Ulises… a una hora de Palma». El gran científico y divulgador no llegó a conocer estas islas convertidas en parque nacional (abril de 1991), pero sin duda habría aplaudido la idea. Con una superficie de 10.021 hectáreas, de las que 8.703 son marítimas y 1.318 terrestres, Cabrera es un retazo casi prístino del mar antiguo, con sus cantiles rocosos donde anidan aves marinas, sus cavidades y cuevas submarinas, su rica biodiversidad. Alberga más de 500 especies de flora vascular y 455 de plantas marinas, entre las que destacan las algas. La pradera de posidonia fija el sustrato frente a la erosión y oxigena las aguas, pobres en nutrientes. La fauna marina alcanza casi el millar de especies. Sobre la superficie destacan las aves, con 23 especies nidificantes. Aquí habitaron pueblos talayóticos y pasaron romanos, árabes, piratas… Fue prisión inhumana para los soldados franceses derrotados en Bailén. Y hoy es lugar de solaz para un puñado de visitantes diarios, que pueden disfrutar de la transparencia de sus aguas y de su paisaje sobrio y bello, típicamente mediterráneo. Como el que viera Ulises en sus viajes.
Todavía quedan reductos como Cabrera en el mar interior más grande y con el litoral más habitado del mundo, lugares que no han sido sepultados por el hormigón ni colonizados por rascacielos y chiringuitos. Algunos pertenecen a la red Zepim (Zonas Especialmente Protegidas de Importancia para el Mediterráneo); otros, como la costa dálmata o las islas griegas, mantienen por ahora la idea del turismo sostenible, aunque cruceros de veinte pisos frecuenten sus costas. Las Zepim se crearon a raíz de un protocolo acordado en 1995 por los países firmantes del Convenio de Barcelona para la Protección del Mediterráneo (1976).
El paréntesis de Cabo de Gata
Para entrar en la red se exige que los espacios naturales desempeñen una función esencial en la conservación de la diversidad biológica; que contengan ecosistemas característicos de la zona mediterránea o dispongan de un especial interés para la ciencia, la cultura, la educación o el disfrute estético. España e Italia son los países que aportan más nombres a la lista, con Túnez y Argelia a la zaga. Las zonas españolas son: acantilados de Maro-Cerro Gordo, archipiélago de Cabrera, Cabo de Creus, Cabo de Gata-Níjar, fondos marinos del levante almeriense, isla de Alborán, islas Columbretes, islas Medas y Mar Menor y su entorno. WWF ha identificado más lugares representativos para su conservación, como el Delta del Ebro, el Canal de Menorca, Cabo de la Nao-Sierra Gelada, Guardamar-Águilas y el Estrecho de Gibraltar.
El Parque Natural de Cabo de Gata (Almería) sorprende por su carácter de paréntesis en una línea costera devastada. Aquí no hay urbanizaciones que se arraciman hasta meter los cimientos en el agua, sino pueblos blancos adormecidos bajo una luz deslumbrante y rincones solitarios que el turismo no ha desnaturalizado. Al menos, no del todo. Las excavadoras pasaron de largo: no había agua, sólo tierra árida, torres arruinadas, un faro, sal y aves marinas. La cordillera Bética corta el paso a las borrascas atlánticas, a la humedad. ¿A quién se le ocurriría montar un resort en una de las regiones más secas del continente? Cuando fue objeto de protección apareció en el mapa y se convirtió en objeto de deseo de promotores inmobiliarios y en bandera de organizaciones ecologistas. La batalla más famosa tuvo como protagonista un faraónico hotel construido en la playa de El Algarrobico, en Carboneras, que ha acabado como un fantasmal bloque abandonado a escasos metros de la orilla, un símbolo de lo que nunca debió crecer en este litoral.
El parque posee unas credenciales incontestables, con abruptos acantilados, caletas de ensueño y un tesoro oculto: en las lajas habita una variada fauna submarina y en los fondos prosperan grandes manchas de laminarias, algas profusamente ramificadas que pueden superar los tres metros de altura. Un paraíso para el submarinismo. En las profundidades reposan numerosos restos arqueológicos procedentes de antiguas culturas que navegaron en estas aguas, donde discurrían las rutas comerciales entre Fenicia y Tartessos.
Santuario de cetáceos
El interior, pese a su aridez, es un reducto de biodiversidad donde habitan valiosos endemismos botánicos. Palmitos (única palmera autóctona de Europa), lentiscos, acebuches y azufaitos (matorral de hojas caducas) tapizan el suelo. La fauna también es muy interesante, sobre todo para los ornitólogos. Flamencos, limícolas y anátidas en las salinas; gaviotas, cormoranes, búhos reales y águilas perdiceras en los acantilados y en la sierra; sisones, alcaravanes y la rara alondra de Dupont en zonas esteparias. Hay ciento cincuenta especies catalogadas. En la franja costera encontramos mamíferos como los delfines y calderones, y reptiles como la tortuga boba.
Mar adentro hay santuarios declarados. La creación de una reserva para mamíferos marinos en el Mar de Liguria, que baña las costas de Francia, Italia y Mónaco, fue el principal éxito del Año Internacional de los Océanos, como declaró la ONU a 1998, una cita que dejó un sabor agridulce. Este triángulo de 100.000 kilómetros cuadrados entre Toulon (Francia), Grosseto (Italia) y las costas del norte de Cerdeña se convirtió en la primera área marina internacional protegida en Europa, uno de los hitos más importantes en materia ambiental alcanzados por WWF y los gobiernos de los citados países. El Mar de Liguria es una zona tradicional de abastecimiento para miles de cetáceos. Rorcuales, cachalotes y delfines acuden cada verano a estas aguas cálidas a repostar un alimento que les permitirá pasar sin sobresaltos el invierno. Los antiguos romanos denominaron esta zona Costa balenae (la costa de las ballenas). La concentración estival de estos mamíferos es aquí mucho mayor que en cualquier otro rincón del Mare Nostrum, que es también (¿no lo son todos?) el mar de los cetáceos.
Al sur, en las costas africanas, escenario de tanto trasiego bélico y comercial cuando las trirremes surcaban el mar en lugar de trasatlánticos y barcos de recreo, la paz y la soledad cohabitan en las Zepim tunecinas y argelinas, lugar de paso y descanso de miles de aves migratorias, refugio de especies botánicas y faunísticas típicas del Mediterráneo occidental. Pero si nos referimos a Ulises debemos viajar a oriente, donde también es posible encontrar islas no frecuentadas por miembros de nuestra especie, y otras cuya belleza no ha decaído a pesar de haberse convertido en destinos turísticos de primera magnitud. Nadie podrá desmentir esto si espera a que las hordas regresen a sus cruceros y contempla la puesta de sol desde cualquiera de los miradores de Fira y Oia, en Santorini, en las Cícladas griegas, donde es fácil olvidar las amenazas que se ciernen sobre el soberbio decorado que se extiende a sus pies.
De Abc.es
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